Cayendo uno en el aire crujiente de sus propias babas
caíame yo en las vírgolas mágicas
de la gran caldera, y ardíame yo
cosas que en caldero mágico
jalábanle las trágicas cajas rojas
que le henchían.
Y trastornándome yo en los trágicos
trazos de una caja roja
hallé, cual rosada amapola
al aguilucho mágico enroscado
sobre un gran falo, de amor violado.

