Estando yo en sueños entretenido
vino, vibrante de tu voz, el aire.
No tuvo esa luz eco en mis sentidos
y me acuné, negándome a ese instante.
Lo que vino después fue un frío de esmalte
que me mostró que ni te adivinaba,
y que no esperara mi madrugada
alcanzar las honduras de tu alcance.
Y así me estuve, velando el desamor
doliente de la falta en que me duelo:
que ni te oigo en sueños, ni en mi mismo albor.
Más me valiera quedarme despierto
aunque notara la falta de calor,
siendo por tu calor que me desvelo.
