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domingo, 19 de julio de 2009

Destierro

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Cada instante tiene su público
y cada letra tiene su silencio.
Los mórbidos encuentros beben de alegría.
Cada rincón tiene su muerto;
cada muerto, su ceniza,
y cada paz, detrás, temblando un niño, una niña.
Suenan las campanas cuando no hay nadie
y viven los monstruos en las floridas praderas.
Nadie está despierto cuando hay que estarlo:
los ojos piensan por su cuenta.
Los adioses se ponen en juego por cuatro duros.
Como no hay patentes, no se fabrican sueños.
Matamos lo muerto para vivir lo vivo,
y así, la venganza es terrible:
todos sufrimos la impotencia del destierro;
pero nadie lo dice. ¿Para qué, una verdad que mata?
Mejor nos lo jugamos al bingo:
A ver si hago línea... Cuatro, diez, cuarenta, ¿a qué juegas?
¿Yo qué sé?
De mí ya sólo piensa la parte que no tengo.
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