Se murió mi amigo Pepe, y me fui
al archivo de las penas, para escribirle algo.
Me lo encontré vacío.
El archivero me dijo: “Ah, sí,
se lo llevó todo un tal, a ver...
un tal Miguel Hernández”.
“¡Pero hombre!” –dije yo-
“¿Qué se ha creído el tal Hernández?
¿Que nunca, nadie más,
iba a querer tanto a un amigo?”.
Me dejaste muy triste, Pepe; que lo sepas.
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