lunes, 27 de abril de 2009

Suicidio negado

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Hoy sí, hoy yo, con mucho gusto,
me moría llevando mi memoria.

Hoy están aquí el deseo y la nostalgia
sin estorbarse, mirándose apenas.

Hoy está todo aquí con la dulzura de lo inevitable,
con el suave placer de un fruto maduro.

Hoy, día derrumbado, emisario del miedo,
se me ofrecieron las puertas de salida
y me sentí bien.

Hoy por primera vez noté
que siento amor por todo lo que dejo.


viernes, 24 de abril de 2009

Pobre Prometeo

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Tengo que aceptar ponerme ropas que no quiero
Tengo que aceptar cambiarme la mirada
Y aceptar amanecer aún vivo, pobre Prometeo.
Tendré que dejar de escuchar silencios.

Tendré que dejar de oler flores que no existen
Y dejar de anticiparme a hechos que no entiendo.
Tengo que aceptar que me hundo porque peso.
Voy a tener que andar clavándome estacas.

Parece que ya me quedó claro:
Tengo que aprender a amar lo que me mata
Solo para vivir, para vivir solo.
Total, nada.

Soneto del manco de dios

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Estando yo en sueños entretenido
vino, vibrante de tu voz, el aire.
No tuvo esa luz eco en mis sentidos
y me acuné, negándome a ese instante.

Lo que vino después fue un frío de esmalte
que me mostró que ni te adivinaba,
y que no esperara mi madrugada
alcanzar las honduras de tu alcance.

Y así me estuve, velando el desamor
doliente de la falta en que me duelo:
que ni te oigo en sueños, ni en mi mismo albor.

Más me valiera quedarme despierto
aunque notara la falta de calor,
siendo por tu calor que me desvelo.

Soneto del hijo

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Ya sé que piensas que en él yo no estaba:
que no soy yo el hombre que fue aquel niño.
Aún así, yo lo miro con cariño
admirando las lunas que apuntaba.

Más me duele, que a ti, ver mis miserias.
Pero, aunque me duelan, no renuncio
a ser yo la resulta de su anuncio:
sólo puede ser tu hijo mi presencia.

Comprendo que no es fácil, desde fuera,
que aceptes por herencia un vertedero:
yo te pido que mires más profundo

y que notes que la flor verdadera
no vale tanto si es de invernadero;
pues tuve que crecer, lo hice en el mundo.

Soneto del que fue niño

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¿Cómo eran esos días, cómo eran,
cuando el viento entraba hasta tu mente
y aquel patio era luz resplandeciente
y eras sólo niño, sin saber quién eras?

No había calles ni coches ni había aceras,
que tu mundo era interno; no había mares
ni imaginabas cómo los azares
forzarían a tu ser con sus maneras.

Recuerdas y te dueles: te ha vencido
todo aquello que entonces despreciaste.
Pero no era desprecio; tú lo sabes.

Era, en ti, la infancia del olvido:
pues tu vuelo fue luz entre azabaches
pero eras, solamente, lo que has sido.