domingo, 5 de julio de 2009

Así son las cosas de la vida (un cuento)

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El señor A (digamos) entró ya un poco abrumado -como andaba siempre, y la verdad es que yo creo que sin motivo-. Bueno, pues el caso es que estaba aquí, en un TODO A CIEN. Con eso del euro debían de haberle cambiado el nombre a la tienda, pero como los precios no cuadraban bien se ve que prefirieron dejar el nombre como estaba, que se entendía.

Pues eso, parecía que no buscaba nada en concreto (el señor A, digo), porque recorrió meticulosamente los estantes como si lo valorara todo, pero en la mirada se le veía que tanta cosa lo mareaba, y más bien parecía un autista: no se enteraba de nada. Me parece a mí que lo de comprar no es lo suyo. Bueno, pues el caso es que entre tanta vuelta y vuelta con el ceño fruncido (qué dolor, Dios mío), el tipo éste oyó: “¡Mira, mami, qué suave!” dicho con la voz de una niña. Y se fijó, ya ven lo que son las cosas.

Y lo que vió era lo que parecía: que una niña estaba tocando un artefacto de telas y pelos que imitaba (lejanamente) las formas de un perro blanco, pequeñito. Del tamaño de una cuarta y media, más o menos. Bueno, pues no hay mucho más que decir, salvo que al cabo de un rato el tipo (o sea, el señor A, digamos), con la tranquilidad de que parecía que nadie podía verlo, se puso a toquetear el mencionado “perro”. Y lo que tocó era, en efecto, suavísimo. Se alteró un poco (porque yo creo que es un sentimental) y siguió mirando por la parte de los enchufes y las bombillas y los ganchos para las paredes y luego montones de artilugios sorprendentes para la cocina. Pero el caso es que enseguida oyó, de espaldas como estaba, otra vez la misma voz de niña, que estaba claro que volvía a tocar al perro, y que lo disfrutaba y lo quería. Y se puso a escuchar sin mirar, el muy cotilla de mierda. Y oyó que la madre, más o menos, le decía a la niña que HOY no podían comprar el peluche, y que se esperara.

Bueno, pues después siguió un rato largo en el que se alternaban las caricias: el señor A (digamos) volvía -cuando no le veía nadie- a tocar aquello, comprobando que no se engañaba, y la niña hacía lo mismo cuando le dejaban. El señor éste guardaba silencio (debe ser su costumbre) pero la niña siempre se entusiasmaba. Y el señor A (digamos) yo creo que pensaba: “si a ella le gusta tanto, es que debe ser muy bueno”. Lo digo por lo que vi que hizo: se estuvo entreteniendo, el muy ladino, esperando a que la madre y la niña se marcharan de la tienda. La madre y las niñas, porque ya vi que eran más de una, y el follón que montaban. Lo que digo es que me parece que se esperaba a que ellas se marcharan para comprar el peluche aquél.

Fueron, yo creo, más de diez minutos, que al pobre señor A (digamos) se le debieron hacer eternos. Y lo digo en su descargo: al fin y al cabo, yo creo que él podría haber agarrado el artilugio (que yo no sé para qué lo quería, pero me pareció que se alegraba al tocarlo una y otra vez) y haberlo pagado en la caja e irse, y punto. Pero se ve que le sabía mal hacerlo delante de la niña. Ya digo que para mí que es un sentimental. El caso es que se estuvo esperando, haciendo el paripé. Me parece que alguno de la tienda se dio cuenta de que se comportaba raro y le estuvieron vigilando. Pero a él lo vi tranquilo, aguantando, se ve que porque sabía lo que hacía y por qué.

Bueno, pues abreviando: el caso es que llegó el momento que tenía que llegar, y la madre y las hijas (o lo que fueran) se estaban marchando. Pero -ya ven ustedes lo que son las casualidades- como la niña había insistido tanto, y rabiado un poco (muy poco: se ve que estaba bien educada) y había expresado (educadamente) sus dudas de que, si ella no estaba allí, alguien se lo llevara (el peluche en cuestión, digo) pues la madre, que no era tonta, se dejó llevar por la voz ansiosa de su hija (o lo que fuera), y dijo, milagrosamente, dirigiéndose a la veinteañera que había en la caja (atención): “¿HAY MÁS PELUCHES COMO ESE?” (señalando al peluche que ya conocemos, y que sin él quererlo se está convirtiendo en la estrella del cuento). Y la chica (individua ajena a todo lo que no sea lo suyo, como corresponde a su edad y a su condición de cajera, que vaya rollo ocho horas o las que sean con alguien distinto delante cada medio minuto, pero con la misma historia) le contestó, atenta y "simpatiquísima": “LO QUE HAY ALLÍ ES LO QUE HAY”. Y punto. (Ya saben ustedes cómo va esto de las cajeras).

Uf, los segundos se pusieron fríos, fríos, heladitos. Supongo que para la niña también, aunque no lo sé, porque no me fijé en ella. Perdónenme, pero es que yo estaba prendido en el cataclismo del pobre hombre (el señor A, digamos, ¿se acuerdan?). Podía hacer lo que quisiera, pero lo que quisiera no es lo que quería: así son las cosas de la vida, no sé si me entienden...

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Ya no puedo decirles mucho más, tocante al tema este. Y perdonen que no me haya presentado. Los que entienden de esto de escribir siempre hablan de “EL NARRADOR”. Vale, pues en este caso el narrador soy yo (claro), que soy el amasijo de telas y pelos -perro, según mi fabricante-. Lo que he visto y sentido es lo que cuento. Esta mañana pude ver al señor A (digamos) pasar por delante del escaparate, cabizbajo, meditabundo (debe ser su costumbre) y tirando de una maleta (con ruedas, menos mal). Se ve que se iba de viaje. Él se iba pero yo, el amasijo, seguía aquí, en la estantería. Y entonces me asaltó la melancolía, porque pensé: hay que ver la de historias hermosas que nunca se sabrán.

Al rato se puso a chispear un poco; es que era invierno, se me olvidó decirlo.




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2 comentarios:

Azrael dijo...

Entiendo la metáfora del cuento, pero lo que no pillo es por qué dices que tú eres como el peluche...debe ser que soy muy memo..xD

Yo soy Joss dijo...

Es verdad, si no tienes ni un pelo en el cuerpo, y no eres nada entrañable ni abrazable, de hecho eres más bien espinoso...

Sobre el relato, me gusta tu historia, pero no como la has narrado, está algo confusa...